Sánchez lleva años repitiendo, en distintos foros, que el desacoplamiento con China sería un camino sin salida para Europa. No es una posición aislada ni atrevida: Macron ha dicho algo parecido, Merz ha insistido en que Berlín no renuncia al mercado chino. Pero España va más allá de las declaraciones. La ha traducido en práctica sistemática, en viajes regulares, en acuerdos concretos y en una posición pública que no se mueve cuando sopla viento contrario desde el Atlántico.
El contexto lo explica en parte. La guerra en Ucrania dejó a Europa pagando caro su dependencia energética de Rusia, mientras compraba el gas estadounidense a precios de emergencia. La desindustrialización avanza. Los aranceles proteccionistas de Washington golpean exportaciones europeas. Y la OTAN, más robusta sobre el papel, exige a los aliados europeos un esfuerzo presupuestario que sus economías encajan con dificultad. Ante ese cuadro, la apuesta por diversificar socios —y no solo depender de una alianza que cada vez tiene más letra pequeña— gana adeptos en las cancillerías europeas.
España no ha roto con nadie ni tiene intención de hacerlo. Pero ha elegido no renunciar a China en nombre de una lealtad atlántica que, en la práctica, le ha generado más costes que beneficios. Esa es la apuesta de Sánchez: una política exterior que responde primero a los intereses españoles y, en segundo lugar, al consenso europeo, pero que no acepta que ese consenso lo fije exclusivamente Washington.
Cuando el presidente aterrice en China en abril, lo hará con el mismo maletín de siempre: empresarios, contratos pendientes, una agenda de cooperación en verde y tecnología. Pero llevará también algo más difícil de cuantificar: la persistencia de una línea política que, visita tras visita, ha demostrado que la autonomía estratégica europea no es solo un concepto para los discursos del Parlamento Europeo. También se construye vuelo a vuelo.